El día que Pedro Sánchez convocó las elecciones del 29-N parece que se alinearon todos los astros para originar la campaña más trágica, convulsa y sangrienta de las que hemos vivido hasta ahora, porque los atentados del 11-M, con 190 muertos, provocaron en cuatro días de zozobra y un vuelco electoral inesperado, pero ahora, cuando ni siquiera ha empezado oficialmente, llevamos semanas de acampadas en las plazas de varias ciudades españolas, concentraciones y manifestaciones cuyo único objetivo parece ser el saqueo y el vandalismo, destrozando comercios, rompiendo mobiliario urbano y prendiendo fuego a coches, moto o contenedores, sin olvidar la convocatoria de una huelga general, tras ocho años de inacción… Y, por si todo ello no fuera suficiente, un nuevo accidente de tren de alta velocidad, nueve meses después de la tragedia de Adamuz, nos ha roto, porque cada muerto, cada herido que lucha por su vida y cada persona que busca a sus familiares, son un recordatorio vivo de que alguien no está cumpliendo con su cometido ni asumiendo su responsabilidad.
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