En el año 1934, el doctor Robert E. Cornish llevó a cabo un experimento insólito en la Universidad de California en Berkeley. Tras asfixiar a un perro terrier blanco, utilizó una tabla basculante, una solución salina con adrenalina y masajes para devolverle los latidos tras varios minutos sin vida. El animal sobrevivió algo más de ocho horas, aunque con graves secuelas neurológicas que evidenciaron el daño cerebral irreversible. Animado por este caso, el investigador intentó aplicar técnicas similares en personas fallecidas, un empeño que rozaba la ciencia ficción en una época en la que la reanimación cardiopulmonar moderna aún no existía. Fuente: Popular Science
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